En este mundo traidor

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNRamón de Campoamor —asturiano, escritor de medio pelo, poeta mediocre, gobernador civil de Alicante y diputado por Aspe—  pegó el gran patinazo literario y político —ahí está la historia para quien quiera leerla—  cuando publicó un par de Odas ampulosas y pelotas hasta la saciedad, dedicadas a la Reina regente María Cristina, “restauradora de las libertades patrias”, cuando esta partía para su destierro. No sería tan maravillosa —una de las inventoras en la edad moderna de las comisiones por obra pública, esta señora De Borbón Dos Sicilias, sobrina, esposa y viuda de Fernando VII, casada luego con un estanquero de Tarancón que se había colocado como guardia de corps en el entorno de la realeza—. No sería tan maravillosa cuando tuvo que salir por piernas al exilio francés desde donde siguió practicando la política de la intriga y el mangoneo en pos del poder cuya erótica conocía bien la regente.

¿Entonces qué es lo que pasa? Lo que pasa es que hay diversidad de opiniones

Ramón de Campoamor ha pasado a la historia no por las Odas a la Sra. Borbón Dos Sicilias sino por un pequeño cuarteto que dice más o menos: “En este mundo traidor/nada es verdad ni es mentira/todo es según el color/ del cristal con que se mira”. Eso lo llevó a la docencia un profesor de Psicología que tuve en Granada, al que apodábamos Sacarino y que, después de exponer las teorías psicoanalíticas  de Freud,  las conductistas de Watson, las introspeccionistas de Wundt y algunas más, finalizaba siempre preguntando en tono solemne: ¿Entonces qué es lo que pasa? Y se contestaba el mismo diciendo: Lo que pasa es que hay diversidad de opiniones.

No me interesa la derecha y me interesan cada día menos los autollamados de izquierdas

Pregúntenles por “este mundo traidor” a los seguidores de Soraya, a los que han laminado reduciéndolos a la casi nada. No hablo ya de los jóvenes valores de la derecha  —Arenas o Villalobos, por ejemplo— hasta Borja Mon de York, perdón Borja Samper, ha dicho a una alcachofa televisiva —y yo lo he visto con estos ojos que tienen que recalar en San Juan del Crematorio a poco que me descuide— que “lo de la integración parece más un eslogan que una realidad”. Hasta el ex ministro De la Serna ha salido escopetado de esa fraternidad político-altruista. No me interesa la derecha y me interesan cada día menos los autollamados de izquierdas —entiendo que los socialistas están muy pillados por su debilidad parlamentaria y por la presión de los golpistas catalanes y por la presión silenciosa de los nacionalistas vascos y por la presión…— me interesan cada día menos pero veo persistir algunas políticas que son más bien peperas e incluso nombramientos y persistencias de la derecha pura y dura subidos en el machito tras la moción de censura. De ello hablaremos a la vuelta del ferragosto, cuando no andemos como alma en pena buscando la sombra de cualquier árbol y el botijo para hacer frente a la deshidratación.

Hay tres nombres que ni en verano nos dejan descansar: Villarejo —un señor al que no conozco, ex comisario policial, preso en Estremera y que al parecer ha sido experto en lo que todo el mundo llama “las cloacas del Estado”—. Corinna —una noble que sigue usando los apellidos y títulos de un marido pretérito, que ha saltado a la palestra por su “amistad” con el otro nombre de primera página: el Rey emérito—.

Todo esto no pasaría de ser pasto de las revistas del corazón si desde hace unos días varios medios que pelean por hacerse un hueco en la prensa digital, no hubieran saltado al cuello con grabaciones de alto calado político-financiero-erótico-cardíaco y de menudillos a granel.

No entro a valorar —solo sé lo que he leído en prensa como todos ustedes— si es verdad que el emérito tenía una o dos amantes o ninguna, si es verdad que tiene cuentas en Suiza o en Sebastopol, si la tal Corinna actuaba como testaferro  y si el Sr. Villarejo —en su trabajo de comisario— se dedicaba a hacer de conseguidor, de cotilla, de vigilante de la playa o de palanganero.

Dedico todo mi tiempo a prepararme y hasta creo que podrá salir una novela de la documentación que recojo y que me tiene la casa como un mercadillo del libro antiguo y de ocasión

Mi amigo Jorge Olcina, director de la sede de la UA en Alicante me ha invitado a dar un curso de unas cuantas horas sobre el siglo XIX —gratis, que un jubilado con pensión pública no puede cobrar por trabajar—. En mi vejez decrépita, dedico todo mi tiempo a prepararme y hasta creo que podrá salir una novela de la documentación que recojo y que me tiene la casa como un mercadillo del libro antiguo y de ocasión. Si a día de hoy tuviera yo algo parecido a Corinna —con todos los respetos a los infinitos matices de las relaciones humanas— tendría que guiarla para que no pisara ni se estrellara con tanto mamotreto que ocupa mesas y suelo en anárquico desorden. Por eso no invito a nadie. Ni lo intento. Se rompería el encanto con la anarquía desde mucho antes de empezar.

“Vamoraver” —que dicen los alicantinos— repasen ustedes la historia y dejen de asombrarse por lo que ha sido una constante de todas las monarquías en todos los sitios. Me atrevería a decir de todos los que han ostentado poder en todas las partes del mundo —la erótica de que tanto hemos hablado—.

Un repasito telegráfico con soporte bibliográfico —que se note que en esa UA que menciono, he hecho, con aplicación y aprovechamiento de anciano apasionado del saber, los cursos sobre Borbones y Austrias, que nunca agradeceré bastante—.

Carlos IV que era un rey bastante inútil y su señora María Luisa, apodada “la Parmesana”, como el queso, se tiraron años y años haciendo un trío —con todas las letras— con el guapo valido Manuel Godoy al que enriquecieron  regalándole palacios y fincas hasta cansarse. Su hijo, Fernando VII, preparó un golpe de Estado contra su propio padre y se arrastró como vulgar plañidera ante Napoleón pidiéndole —después de vender España al francés— que le diera por esposa a cualquiera de su familia pues nada le honraría más que emparentar con la familia de su Majestad Imperial, o sea, Bonaparte. Lean el libro recién publicado sobre este rey impresentable por el cátedro Emilio La Parra. Una delicia.

En las páginas del periódico clandestino «El Murciélago» se puede encontrar un detallado catálogo de los negocios fraudulentos de la época y de la implicación en ellos del Gobierno

¿Qué diremos de María Cristina —su sobrina— esposa-viuda? Citando a la catedrática de historia Isabel Burdiel, basta ir a las hemerotecas de la época y ver un periódico clandestino de mitad de siglo —El Murciélago—: en sus páginas “se puede encontrar un detallado catálogo de los negocios fraudulentos de la época y de la implicación en ellos del Gobierno —el marqués de Salamanca, el del barrio madrileño entre otros— y la familia Riánsares, la de la tal María Cristina que ya en su viudez otorgó al estanquero de Tarancón el ducado de Riánsares con grandeza de España. Con un par.

Me coacciona el espacio y es imposible hablar de la incompetencia y los líos de Isabel II, de los hijos con la cantante Elena Sanz de Alfonso XII y del desastre de Alfonso XIII —no sé si fue incluso peor que Fernando VII— que mandaba a jóvenes pobres, que no tenían el dinero preciso para librarse de aquella mili infame, a morir a África y se descolgaba diciendo: “qué barata está la carne de gallina”, mientras andaba persiguiendo actrices y cupletistas —lean Carmen la rebelde de mi amiga Pilar Eyre, por poner un ejemplo—.

Bueno, no hay más sitio. La próxima semana, más.

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