Actualidad Manuel Avilés Opinión

Curado de espanto

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNAsí está un servidor a estas alturas de la película. He visto gentes que, tratándose como mucho más que hermanos, por mucho menos que una bobada han dejado de hablarse y se han profesado “in aeternum” un odio africano que para sí lo querría Caín. He visto multitud de cuernos, que dejarían en mantillas a cualquier ejército medieval vikingo y  a la ganadería de Miura, cuando de cara a la galería  se arrancaban españoleando con “te quiero más que a mis ojos, te quiero más que a mi vida, más que al aire que respiro y más que a la madre mía”. He visto gentes que por un nivel en un puesto medio bajo de la administración renegaban hasta de su madre trescientas veces más de las que San Pedro renegó del Nazareno. Y no sigo porque no vamos a convertir este artículo en una retahíla de bajezas y apuñalamientos por la espalda tan típicos de la condición humana.

A estas alturas de la vida, cobrando jubilación de Montoro y de Montero… y de quien venga detrás si es que la Parca no se empeña en quitarme de en medio, me sorprendo de muy pocas cosas, mucho menos de que un político sea tránsfuga, jure fidelidad eterna a quien sea y se cambie de chaqueta a la mínima. Tan pronto vea cambiar los vientos o las tendencias y peligrar su sillón, sus prebendas y su sueldo.

Los abrazos eléctricos echaban chispas en el hotel madrileño sede del Simposium. Otra cosa eran las bambalinas

Como el Tour de Francia se corre por las tardes, he aprovechado las mañanas de este fin de semana para ponerme al día en el proceso de cambio vivido por los populares. De cara al público –ha habido cadenas que lo han dado en directo para que los parásitos lo viéramos en primera fila y sin movernos del sofá orejero- los abrazos eléctricos echaban chispas en el hotel madrileño sede del Simposium. Otra cosa eran las bambalinas. Todo era limpieza, “fair play” y buenos deseos mientras volaban las navajas a poco que te dieras la vuelta y descuidaras la retaguardia.

Me he tragado los discursos a modo de penitencia cuaresmal, aunque la cuaresma ya no sepa ni donde queda.

Me quedo pasmao en el discurso de Cospedal: “soy doblemente española porque soy española y soy del PP”. Dice y se queda tan ancha mientras las palmas echan humo. Yo como no soy del PP ni de ninguno y mi pueblo era un campamento moruno cuando Isabel y Fernando andaban preparando el asalto a Granada, me imagino que seré, un cuarto español. Tengo que preguntar si fenómeno racial y administrativo lleva algún tipo de descuento y, por ello, se paga menos a hacienda. Primera perla: Ser español y del PP es el doble. Algo así como ser católico  y fraile de alguna congregación de postín, que te asegura en el cielo un lugar cómodo y con buenas vistas que debe de ser muy aburrido estar todo el día oyendo los cánticos de los ángeles que alaban a no se sabe quién ni por qué hace falta que lo alaben tanto.

Sale Rajoy y se pega un pasote de autoincienso alabando – perdón por la redundancia- su gestión gubernamental en todos los terrenos. “Hemos derrotado a ETA”. Ellos solos. ¿Cómo no iba a salir el tan recurrido hecho etarra? Ahora hay que citar a Torquemada, al Cid Campeador y al abate Marchena para redondear la historia de España. Los demás no hemos hecho nada. Rajoy ha sido el único presidente en los últimos sesenta años que, durante su mandato –y afortunadamente- no ha acudido a ningún entierro por asesinato terrorista etarra. Pero proclama “Hemos” como con sentido de propiedad, por algo es registrador. A mí me suena excluyente y por eso mismo injusto y lejos de la realidad.

Entre discurso y discurso una televisión pesca por los pasillos a la señora Villalobos, una madre de la patria desde que Franco era cabo. La que decía que no pusiéramos huesos para hacer caldo cuando las vacas locas. La maestra de los juegos de ordenador para matar el tedio en el Congreso. Se despacha a gusto cuando le ponen delante la alcachofa y dice que “muchos de los que rodean a Casado son de extrema derecha”. Salto del orejero como un resorte y, del esfuerzo sin precalentamiento, me quedo enganchado de la espalda, de la cintura y de la rodilla izquierda. Me arrastro hasta la puerta de una vecina caritativa para que me traiga de la farmacia kilo y medio de flogoprofen. Lo pago a tocateja –y destrozo el presupuesto mensual- porque las cremas antitirones, los trombocides y el linimento del tío del bigote – que era el bueno- no entran en las recetas de Muface.

Señora Villalobos: ¿Me está usted diciendo que hay ultraderecha en su partido? ¿Me está usted diciendo que había compromisarios ultraderechista en ese congreso extraordinario? No me lo puedo creer. Tiene usted una defensa muy fácil. No la hemos entendido. Usted quiso decir otra cosa con toda seguridad.

Oigo a Casado hablar de reconquista y se me incendia el pecho de ardor guerrero. Canto a pleno pulmón el Himno de artillería

“Vamos a empezar a reconquistar Cataluña y esa Tabernia –sic-, perdón Tabarnia hipotética va a ser una Tabarnia de verdad”. Oigo decir eso –tirado aún en el suelo por el enganche del que ya he hablado y porque mi vecina aún no me ha traído el mejunje calorífico y antitirones-, oigo a Casado hablar de reconquista y se me incendia el pecho de ardor guerrero. Canto a pleno pulmón el Himno de artillería – me lo sé entero desde la mili-, canto Montañas nevadas y me interrumpe la vecina para untarme el flogoprofen cuando llevaba ya una estrofa y media del novio de la muerte. Mi vecina siempre tan inoportuna.

No me gustan los políticos pero tenemos que convivir con ellos porque son imprescindibles

No me gusta la política. No me gustan los políticos pero tenemos que convivir con ellos porque son imprescindibles. Ellos deciden si suben las pensiones, si el flogoprofen hay que pagarlo entero – es el caso- o solo el 30%, si la religión es materia que cuenta para el curriculum como el inglés o las matemáticas y si la gasolina y el gasoil van a estar al mismo precio. Ellos deciden sobre nuestra vida.

Por aquello de la alternancia y porque la juventud es una cualidad que no se le puede negar a Casado. Pese al auxilio de la ultraderecha que decía Villalobos, pese a ser ungido por Aznar, pese a ser un outsider en principio – pocos daban un duro por él en el primer minuto con el duelo Soraya Cospedal-, pese a su carrera meteórica y sus convalidaciones… Casado gobernará algún día. Espero y le deseo que lo haga mejor que Rajoy por la cuenta que nos trae.

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