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Compañeros de partido

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓN“Hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido”

No se sabe a ciencia cierta de quien fue la frase famosa. Se le atribuye a políticos europeos importantes, desde Winston Churchill hasta el italiano Andreotti. Parece que fue el canciller alemán Konrad Adenauer el que la formuló de manera lapidaria y definitiva. “Hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido”. La frasecita no necesita mayor explicación y en ella se resumen las puñaladas traperas, los engaños, las patadas en la entrepierna y a traición y las infidelidades en el último segundo. Pregúntenle, si no, a Pedro Sánchez, al que defenestraron, creyeron matar bien muerto –“este está bien muerto y enterrado porque en el partido sabemos hacer esto como nadie”, me dijo un cargo socialista cuando Pedro andaba como alma en pena en una tournée por España, que todos creímos que no le llevaría a ninguna parte–. Y ahí lo tenemos: Presidente Sánchez.

Poner a un sucesor en el puesto en que tú estabas es la forma más segura de garantizarte un enemigo mortal de los que decía Adenauer

Rajoy se ha ido –tanta paz lleve como paz deja y queden también en paz los Zoidos, los Montoros y los Catalás, aunque no tengan duda de que los volveremos a ver en algún puesto de relumbrón bien pagado–. Rajoy se ha ido y –tipo listo como es, aprendido de su propia práctica– no ha usado el “dedazo” para dejar un sucesor. Poner a un sucesor en el puesto en que tú estabas es la forma más segura de garantizarte un enemigo mortal de los que decía Adenauer. Pregúntenle a Aznar con el propio Rajoy o a  Zaplana con Camps y, dentro de poco, a Puigdemont con Torra. Todo el que llega a un puesto por obra y gracia del anterior prócer quiere matarlo de inmediato, que la gente lo olvide, no tenerlo como maestro pegajoso e inquisidor, actuar por sí mismo, superarlo y no ser en modo alguno su ordenanza –como el otro pretende al designarlo– pendiente siempre del mando a distancia. Él quiere mandar porque el poder tiene mucha erótica y ser siempre un segundón en la historia es duro, que los arcos del triunfo, las pirámides y otras obras faraónicas no son solo cosas de los antiguos. Aquí todo el mundo quiere tener su placa metálica e imperecedera en un pantano. Por lo menos.

Rajoy se ha ido y se ha desatado la guerra entre los compañeros de partido que se quieren mucho, se respetan mucho, se valoran más, pero quieren subirse al machito y ser los kies de la barraca. Para eso se dan patadas sin misericordia, en las espinillas  por debajo de la mesa, mientras muestran la sonrisa profident.

Después del ridículo de Margallo –andan su fieles escondidos bajo las alfombras. Se las prometían felices disfrutando de puestos en las listas y otros chollos y ahora y ni siquiera quieren ir a que les agradezca el voto personalmente y uno a uno–, después de los dos desconocidos cuyos nombres ni recordamos, quedan tres en liza.

Primer fiasco: Rajoy saca pecho continuamente, no para de vocear a los cuatro vientos que el PP es el partido más grande de Europa. ¡Acojónense ustedes! Ochocientos mil militantes. Ni las legiones de Julio César. Militantes a miles. ¡Mucho más, a cientos de miles entregados a la tarea de pepelizar España!

Cuando han ido a votar en las primarias para elegir a un nuevo líder se han quedado en sesenta mil supporters. Es evidente que las estadísticas estaban infladas. De ochocientos a sesenta hay un vacío importante y, como ser curioso y desocupado –un parásito que ha pasado de vivir de Montoro a vivir de Montero, ya saben– me gustaría saber el porqué de ese bajón.

La batalla queda reducida a dos y ambos pugnan porque la tercera en discordia, la dueña del aparato durante años –Cospedal– sea capaz de controlar a unos fieles en desbandada para inclinar la balanza.

La fidelidad en los partidos va ligada y su potencia es proporcional a la posibilidad de pillar una canonjía, un enchufe, un sillón bien pagado

La fidelidad en los partidos –y en general, que los partidos son como la vida misma, un retrato perfecto– va ligada y su potencia es proporcional a la posibilidad de pillar una canonjía, un enchufe, un sillón bien pagado, una delegación del gobierno, un consejo de aguas, de basuras, de nucleares, una empresa pública… Algo que llevarse a la boca. ¿O es que se creen ustedes que eso de “me dejo la piel trabajando día y noche” es por el puro amor a la patria que nos intentaban enseñar en la mili?

Nunca hubo mejores palabras ni peores hechos. “No queremos debates porque los van a aprovechar los enemigos del partido”. “Nunca hablaré mal de ningún compañero de partido”. “Queremos renovar al partido y salir reforzados para luchar por España” –y aquí ya salen los demonios ancestrales, el separatismo, los etarras que están viejos y decrépitos y no andan en disposición de pegar un tiro sino a sí mismos y en el pie–. Les falta hablar del complot judeo-masónico y el comunismo internacional, sustituidos sabiamente por el analfabeto Maduro y el último Ayatollah.

El terrorismo internacional islámico y el auge de las ultraderechas tipo Trump, son los grandes retos que acechan a Europa

De esto último no me río: el terrorismo internacional islámico y el auge de las ultraderechas tipo Trump, son los grandes retos que acechan a Europa y que hacen que fuera una patochada de gran calibre al idea que parecía brillantísima de “El fin de la historia” de Francis Fukuyama. Queda historia para rato.*

Mientras disfruto con el fiera de Marc Márquez –un charnego, no saquen pecho los catalanistas– y mientras espero, como Groucho Marx, que la erección quincenal me coja “en disposición de ser cumplimentada”, que ya tengo el consentimiento firmado con dos testigos, me río porque la vejez es intrínsecamente pasota. No temo nada, no espero nada, soy libre.

Sacan un vídeo en el que la renovación pasa por Arenas, por Montoro y por Villalobos –vivan los nuevos valores– y parece que nadie ha sido, que los vídeos surgen por generación espontánea como los ligones en los templos de la estupidez.

Leo la enésima choricería, su biografía se acerca cada vez más a los clásicos pícaros de la novela de oro española, de Campechano I y me limito a sonreír ante lo inevitable porque eso y no otra cosa es la condición humana: lucha por el acceso al poder  y por mantenerse en él porque, a quien tiene el poder, todo lo demás le viene dado por añadidura.

*Sobre esto pueden consultar mi libro “Criminalidad organizada. Los movimientos terroristas”. Ningún afán crematístico en la publicidad, que las pensiones públicas son incompatibles con otros emolumentos y si alguien me paga algo tendría que devolverlo para evitar follones.

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