Sin miedo

Sonia Gonzálvez con faldónNo soy jurista, mi especialidad es la Filología, por eso no sé si hay que cambiar el código penal o enseñar a interpretarlo adecuadamente, lo que sí sé es que tengo derecho a vivir sin miedo. Soy un ser humano nacido en España, país que pertenece a Europa y al mal llamado “primer mundo”. Una contribuyente que paga sus impuestos y cumple con sus obligaciones sociales. Una mujer que intenta vivir y dejar vivir y que tiene derecho a hacerlo sin miedo.

Me había alejado de la línea feminista y reivindicativa en mis dos últimos artículos para no resultar machacona y reiterativa pero —dadas las circunstancias y las múltiples peticiones de mis lectores instándome a opinar al respecto— me veo en la obligación de escribir estas líneas.

Nuestra sociedad sigue dominada por el poso patriarcal y las normas de hace siglos que son las que nos llevan a momentos de crispación social como el que vivimos

Toda mujer en algún momento de su vida ha tenido que soportar algún comentario, mirada, gesto u opinión cuanto menos desafortunada por el hecho de ser mujer, en el trabajo, en el médico, en la calle, en una fiesta… La superioridad física del hombre es incuestionable y que durante siglos la han aprovechado para abusar del mal llamado “género débil” está demostrado. Nuestra sociedad sigue dominada por el poso patriarcal y las normas de hace siglos que son las que nos llevan a momentos de crispación social como el que vivimos, porque la mayoría nos hemos rebelado ante un hecho indignante que vuelve a cuestionar a la víctima y su conducta en vez de a los agresores y su proceder. Todos tenemos derecho a ser libres en nuestros comentarios y obras pero esa libertad termina en el momento en que se cruza el límite de la legalidad. Debemos ser consecuentes con nuestros actos y enseñar a nuestros hijos a actuar de un modo responsable y a asumir las consecuencias de sus decisiones y que una persona puede pasearse desnuda, emborracharse y montar un número obsceno bailando sin control y podrá ser detenida por escándalo público o conducta inapropiada pero nadie tiene derecho a tocarla, palparla o violarla por eso. Una persona que ejerce la prostitución tendrá que asumir que se cuestione la dignidad de su ocupación pero nadie tiene derecho a apalearla y violarla. Tenemos un nivel de tolerancia a la violencia extremo, se consiente lo inadmisible, se aguanta lo inaguantable y todavía hay que soportar que se trate a la víctima como debería tratarse al agresor y se cuestione su vestimenta y modo de vida, como si intentar superar lo insuperable fuese parte de su culpa y demostrase que en realidad no le afectó tanto.

Dejé de llevar tacones, para estar siempre preparada en el caso de tener que salir corriendo y las llaves siempre en la mano, los puños apretados, las puertas siempre cerradas

El miedo, el miedo te paraliza. Cuando hace unos años me agredieron el golpe me costó la rotura de mi codo derecho, tres meses de inmovilización, mi puesto de trabajo en aquel momento, siete meses de fisioterapia —los dos primeros los costeó nuestro sistema, el resto no—, un año de rehabilitación y dos años poder entrar en el garaje sin miedo, sin contener la respiración y mirar hacia el fondo del habitáculo buscando detectar no sé bien a quién para intentar protegerme. Dejé de llevar tacones, para estar siempre preparada en el caso de tener que salir corriendo y las llaves siempre en la mano, los puños apretados, las puertas siempre cerradas, atenta en mis desplazamientos, en alerta, con la artillería cargada por si fuese necesario… Cuando fui a denunciar la policía me recriminó por devolver el ataque a mi agresor, por clavarle un tacón donde más duele a los hombres y pelear por quitármelo de encima: “has sido muy estúpida, es poco inteligente luchar en esas situaciones y has tenido mucha suerte porque lo normal es que te hubiese golpeado en vez de salir corriendo y ahora podrías estar muerta o muy malherida en el suelo de la rotonda”

Lo cierto es que nunca sabremos cómo vamos a reaccionar ante un ataque, puede que lo pensemos pero la realidad es muy diferente… Ni encontraron a mi agresor ni mi denuncia sirvió para mucho más que recuperar el dinero de lo que el golpe había roto en el interior de mi bolso gracias al seguro del hogar. Nunca sabré si solo quería mis pertenencias —que no se llevó en su huida— o si sus intenciones eran otras. Solo sé que luché, escapó y me reprocharon mi actitud cuando denuncié los hechos. ¿En qué quedamos: nos defendemos o nos sometemos? Nadie debería verse en tal tesitura pero si sucede al menos debería garantizarse que el sistema sí va a protegerte, que no se te va a cuestionar —ni tu actitud, ni tu indumentaria, ni tus costumbres sociales, ni tu género o preferencias—, que nadie te va a recriminar ni a hacer sentir peor, doblemente agredida o agredido.

Bajo ningún concepto se deben mantener relaciones con quien esté bajo los efectos de cualquier sustancia que pueda alterar su decisiones, aunque esté explícitamente consintiendo, su decisión no es real

Eduquemos a nuestros hijos e hijas en el respeto, en que uno no puede aprovechar una situación de debilidad o inferioridad de otra persona para conseguir manipular su voluntad, informándoles y dándoles una educación sexual y social clara y sana y que entiendan que nunca, bajo ningún concepto, se deben mantener relaciones con quien esté bajo los efectos de cualquier sustancia que pueda alterar su decisiones, criterios o buen juicio porque, aunque esté explícitamente consintiendo, su decisión no es real, está condicionada por las sustancias que ha tomado y no debemos aceptarla.

Sin miedo. Hay que luchar para que nuestras hijas e hijos crezcan y vivan sin miedo.

Sonia Gonzálvez

 

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