A propósito de la manada

Vaya por delante que me repugna el resultado de la sentencia de ‘la manada’. Como ser humano visceral, y como respuesta emocional a la información que me ha llegado a través de los medios, estoy muy disgustado —en este momento todavía no he leído las 370 páginas de la sentencia, pero estoy en ello—. La redacción de los hechos me crea una mezcla de estupor y asco. Agita mi dignidad humana y mi  modo de entender las relaciones entre las personas. Comparto indignación con quienes salen a las plazas y calles a protestar. Pero dudo del objetivo sobre el que van dirigidas las protestas.

Se abre un interesante debate; delicado pero intenso. ¿Legalizamos la pena de muerte o la cadena perpetua? ¿Damos validez al ojo por ojo?

Necesito entender los elementos jurídicos que han llevado a los jueces navarros a dictar esa sentencia. Me cuesta creer que todos ellos tengan algo contra la víctima —o contra las mujeres en general—. Dudo que su decisión esté motivada por algún tipo de simpatía hacia el militar, el guardia civil o sus compañeros de ‘manada’. Ahora es momento de hablar. Se abre un interesante debate, delicado pero intenso. ¿Legalizamos la pena de muerte o la cadena perpetua? ¿Damos validez al ojo por ojo? Habrá que pensarlo. En mi opinión —con exiguos conocimientos jurídicos como periodista y estudiante de segundo Grado en Derecho en la UMH— las protestas en la calle no ofrecen una solución clara. Piden venganza, la aplicación de un mecanismo que no refleja el ordenamiento jurídico español, y cargan contra los jueces que han dictado las penas atendiendo al manual —y a la dosis de interpretación que les exige el estado de derecho—. ¡Que los encierren de por vida! —se oye en las calles—. ¿Es esa la solución? Decía Kant que «derecho y poder de coacción significan una misma cosa». Es decir, que para que unos disfruten del derecho, hay que someter a quienes no respetan las normas. Profundizando más en esta idea, Maquiavelo afirmaba que “hay dos modos de defenderse: con las leyes y con la fuerza. El primero conviene a los hombres; el segundo pertenece a los animales; pero, como a menudo no basta con el primero, es preciso recurrir al segundo” —El príncipe, 1513 – 1531—.

El sistema judicial español es garantista de derechos. No basta con creer profundamente que alguien merece un castigo ejemplar. Hay que demostrarlo. No se juzga a las personas, se juzgan los hechos. Y estos hay que probarlos adecuadamente, respetando los derechos, incluso, de los más asquerosos delincuentes, como vendría a decir mi buen amigo Manuel Avilés.

Muchas personas que respaldan la derogación de la prisión permanente revisable han salido ahora a la calle a pedir una sentencia ejemplar para ‘la manada’

Venimos de un debate —hace unas semanas— donde se defiende impedir la aplicación de la Prisión permanente revisableMuchas de las personas que respaldan su derogación han salido ahora a la calle a pedir una sentencia ejemplar para ‘la manada’. Entonces, ¿en qué quedamos? No existe la ‘justicia a la carta’ —o eso quiero pensar—.

En un Estado de Derecho hay que demostrar el delito. No basta con el #yotecreo de las redes sociales. La carga de la prueba la tiene quien acusa. De lo contrario, sería muy peligroso para cualquier persona a la que se le atribuya un delito sobre el que no hay suficientes evidencias. Es contradictorio con el instinto de justicia inmediata, pero aporta garantías contra el abuso de poder. Por mucha prensa, por muchos colectivos sociales o por muchas manifestaciones que se convoquen para condenarlo, hay que fundamentar una acusación a base de pruebas lo suficientemente sostenibles como para poder tomar una decisión y aplicar la pena —tan trascendente, en algunos casos, como mandar a alguien a prisión durante determinados años— . Pero insisto, yo no tengo —todavía, y no sé si las llegaré a tener alguna vez— la suficiente capacidad y la información necesaria como para tomar esa determinante decisión, que parece que cientos de miles de personas en España ya tienen clara. Por eso yo no me uno al linchamiento público y me resisto a ser arrastrado por mi primitivo instinto de venganza —el ojo por ojo, y aquello de ¿y si llega a ser tu hija?—. Reitero que necesito entender los criterios que han llevado a los jueces a dictar esa sentencia.

Debemos ser críticos con los poderes del estado, pero es deseable que lo hagamos con argumentos sólidos, y no desde la parte visceral del cerebro

Al mismo tiempo, entiendo que los jueces son personas lo suficientemente formadas en derecho como para estar cualificadas —con sus propias dudas internas— para enfrentarse a estos difíciles planteamientos. Debemos ser críticos con los poderes del estado —ejecutivo, legislativo y judicial— pero es deseable que lo hagamos con argumentos sólidos, y no desde la parte visceral del cerebro. Mientras tanto, debemos exigir que la sociedad cambie de una vez. Que las mujeres no sientan miedo en el disfrute de ninguno de sus derechos, y que los políticos, los jueces y la policía actúen con la suficiente diligencia como para cumplir su primera obligación: proteger a quienes les pagamos el sueldo.

A mi me parece deleznable que una mujer no pueda caminar por la calle sola a altas horas de la noche. Bailar, beber, divertirse o vestir como le dé la gana, por miedo a que unos animales repugnantes saquen a relucir su ego machista y troglodita contra ellas.

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