Portavoces y portavozas

Sonia Gonzálvez con faldón.jpg¿En serio?

Leo y no doy crédito —se abren mis ojos como los del emoticono del Whatsapp—. Con una brecha salarial superior al 30% según Comisiones Obreras. Con una realidad en la que las mujeres son las que más contratos a tiempo parcial se ven obligadas a aceptar y con ocupaciones relacionadas, en la mayoría de los casos, con el cuidado. Con un día a día en el que el reparto desigual de las tareas del hogar es un hecho —y causa de muchas discusiones entre las  parejas— porque aproximadamente un 75% de las horas dedicadas a trabajo doméstico recae sobre las mujeres. Con conclusiones como las expuestas en el estudio: “Diferencias salariales y cuota de presencia femenina» elaborado por la escuela de negocios EADA y el grupo consultor ICSA que aseguran que la recuperación económica ha cronificado la desigualdad entre los sexos en el mercado de trabajo español, donde la presencia femenina en los puestos directivos se ha estancado en el 11,8 %. Con todo esto en mi cabeza, consciente de la lucha de siglos por parte del colectivo femenino por ser tratadas con igualdad —y no superioridad, con lo que discrepo— leo titulares como: “El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, ha defendido el uso del término «portavozas» porque aunque le «suena raro» puede ser un ejemplo para que en la sociedad las cosas vayan cambiando”…  y me cabreo —como el emoticono del Whatsapp al que le sale humo por la nariz— y mi enfado va en aumento cuando leo: “Irene Montero defiende que decir portavozas es luchar por la igualdad en el lenguaje. Reacciona así ante la crítica del ministro Méndez de Vigo, quien dijo: «Vamos a mejorar mucho el sistema educativo español»…exploto.

Hay machismo en el lenguaje porque las lenguas son el reflejo y el vehículo  de trasmisión de la sociedad que las utiliza

Lenguaje y Educación. A eso he dedicado veinticinco años de mi trayectoria profesional. Por supuesto que hay machismo en el lenguaje —concretemos: el español— porque las lenguas son el reflejo y el vehículo  de trasmisión de la sociedad que las utiliza y la nuestra es machista, lo fue y …¿lo será? ¿Acaso no hemos conseguido nada? Algo, supongo que algo sí hemos avanzado pero, sinceramente, poder utilizar términos como “miembras” o “portavozas” no es una de mis prioridades en la lista de cosas que tienen que cambiar. ¿Cambiaremos la sociedad modificando su lenguaje? ¿Ésa es la pretensión? Como mujer y lingüista considero que es una mota de polvo en el desierto que supone la desigualdad que implica ser mujer y que hay otras cuestiones —como las ya mencionadas en este artículo— de máxima prioridad: igualdad de oportunidades, de vida y posibilidades y el fin del abuso. No quiero escuchar más noticias de niñas forzadas por hombres adultos, por familiares, de profesionales que son drogadas por compañeros, de parejas sentimentales que destrozan, machacan y matan…. de mujeres que viven en la frustración continua de no poder estar donde se supone deberían porque, simplemente, es imposible.

Soy una “mala feminista” porque desde que fui consciente de mi realidad he luchado por cambiarla pero no he querido renunciar a ciertas facetas de mi feminidad

Creo que, como Madonna proclamó en su discurso al recoger el premio a la Mujer del año 2016, soy una “mala feminista” porque desde que fui consciente de mi realidad he luchado por cambiarla pero no he querido renunciar a ciertas facetas de mi feminidad ni a todo lo que me gusta e ignorado las críticas de las que se consideraban mucho más mujeres que yo y feministas serias solo porque a mí sí me gustan los tacones y cuidar mi aspecto porque el machismo no está en que una mujer pueda o no llevar un escote, está en que le se imponga o prohíba llevarlo.

En este contexto España vivirá el próximo 8 de marzo la primera huelga feminista. Según el periódico digital Comercio 20: “Las organizaciones llaman a un paro laboral, estudiantil, de consumo y de cuidados de 24 horas para visibilizar el «hartazgo» por la violencia y discriminación contra las mujeres”. Con su lema: “»Si nosotras paramos, se para el mundo» el objetivo es que ese día todas las mujeres realicen un paro de 24 horas, pero no solo en el puesto de trabajo y en las aulas , sino también con el boicot a cualquier tipo de actividad de consumo y con la negativa a realizar cuidados familiares u otras tareas domésticas, labores que en una sociedad «patriarcal» como la española siguen recayendo mayoritariamente sobre sus espaldas, según denunció una de las portavoces de la Comisión 8M, Sara Naila”.

Lo realmente importante son todas esas cosas que cada día una mujer hace y nadie ve y que suponen una doble jornada laboral o una completa en ocasiones

Las empresas no solo están obligadas a respetar esta huelga sino que se pide al colectivo de empresarios que se respalde con acciones como no descontar el día a sus trabajadoras. Hasta aquí lo veo factible pero lo realmente importante son todas esas cosas que cada día una mujer hace y nadie ve —ni quiere verse porque no interesa—, todas esas cosas que suponen una doble jornada laboral o una completa en ocasiones que nadie valora ni es remunerada y que pasan desapercibidas pero que si de pronto nadie hace empezarían a notarse —¡menudo caos!— y eso lo veo muchoooooo más difícil porque como ya manifesté en mi anterior artículo: “las madres no tienen bajas”

Según El periódico.com la huelga pretende demostrar que “si las mujeres paran, se para el mundo” —¿alguien lo duda?— y comenta el caso del gran precedente histórico que se produjo en Islandia en el año 1975 cuando el 90% de las mujeres islandesas no fueron a trabajar ese día, paralizaron el país y la lucha culminó con una ley de igualdad salarial.

No me siento optimista —¿me habrá podido el  cansancio?— ¿De verdad hace falta una huelga general para que el género masculino racione ante los cambios sociales y se adapte a las nuevas circunstancias? Una vez más la historia da respuesta a mis  preguntas: porque tiene que ser “por las malas”, porque ningún oprimido se ha liberado “negociando” y siempre ha sido mediante una guerra o revolución. No progresamos…

Sonia Gonzálvez

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