Actualidad Manuel Avilés Opinión

La realidad y la ficción

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNCon el asunto del cambio climático y las oscilaciones enloquecidas de los termómetros estamos para que nos quite de en medio el recogedor de la basura. La semana pasada andábamos con el tanga, las chanclas y  el sombrero Panamá – nada que ver con los papeles de los pastosos que refugian allí su dinero sucio-, dándonos manos de crema en el Postiguet. Hoy estamos de nuevo bajo la borrasca, con las bufandas, los abrigos y las calefacciones a tope. Agrandando el agujero de ozono con la quema compulsiva de combustibles fósiles.

Pueden dirigir el foro de Davos o el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas desde su casa, conectados  a los inventos modernos de las redes sociales y otras gilipolleces

Me han declarado persona non grata en la tienda de segunda mano que hay debajo de mi casa. Después de seguir los consejos de ese ministro redondo que estaba en el Sánchez Pizjuan cuando la nevada en la autopista de la Coruña y después de seguir los consejos de su fámulo, el que estaba en su casa disfrutando de los reyes magos – que en Sevilla hay teléfono e Internet-. No sé para qué colocan a estos fenómenos en un despacho oficial. Ellos pueden dirigir el foro de Davos o el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas desde su casa, conectados  a los inventos modernos de las redes sociales y otras gilipolleces.

Hay que ir preparado mientras los señores del teléfono localizan a los pringaos de esa unidad militar que se inventó Zapatero y que resuelven lo mismo atascos congelados que fuegos provocados por psicópatas

A lo que voy: seguí las recomendaciones de estos esforzados trabajadores a la causa pública y me compre una pala, unas cuerdas para arrastrar el coche si se quedaba encajado en el hielo, una caja de herramientas – de las cuales no sé usar ninguna-, un botiquín completo, una sierra para cortar leña para hacer lumbre y evitar las posibles pulmonías o para amputar directamente algún miembro al punto para la congelación y la gangrena, un kit se supervivencia de los que nos daban en la mili cuando íbamos de maniobras, botellas de agua y dos termos permanentemente cargados de café hirviendo además de un par de botellas de coñac peleón para poder confraternizar en las angustias del atasco siberiano. Hay que ir preparado mientras los señores del teléfono –desde Sevilla- localizan a los pringaos de esa unidad militar que se inventó Zapatero y que resuelven lo mismo atascos congelados que fuegos provocados por psicópatas que disfrutan con las llamas en los pinares.

Creía que ya no me harían falta estos útiles para sobrevivir en carreteras dejadas de la mano de Dios y de los dirigentes de Interior y vendí el lote entero en la tienda de segunda mano citada. Los imponderables de la meteorología me han obligado a rescatar todo el lote nuevamente. Negocio redondo pues recuperar toda la impedimenta me ha supuesto cien pavos más de lo que recibí al venderla. No me importa. Voy sobrado, las jubilaciones han subido un 0.25 y la economía no es algo que nos preocupe a los parásitos que vivimos más de la cuenta y trabajamos mucho menos de lo deseable conforme a la asentada doctrina de la  ex ministra Villalobos. Acuérdense, la que hacía calditos con huesos de vacas locas y se quedaba tan tranquila y tan impresentable.

Con todo lo que compré por segunda vez –preparado a tope para cualquier emergencia- llevaba el coche hasta arriba. Inutilizado el maletero y los asientos de atrás, he tenido que mandar a los niños y a mi señora en el tren y devolver a mi suegra al asilo –al que la seguiré en breve-, dejando sin efecto el fin de semana prometido disfrutando en familia.

Llego a creer que buscan a Puigdemont intentando llegar emboscado a Cataluña

Me paran los de tráfico a la altura de Petrel. Debían de estar buscando algún comando afgano yihadista por el despliegue de pinchos en la carretera, carteles de alto policía, sirenas y todo terrenos estratégicamente situados para evitar cualquier intento de fuga. Al ver el coche y su carga les debí de resultar sospechoso porque me hicieron quitarme hasta las plantillas del doctor Schöll, la faja térmica y el suspensorio. Me hicieron vaciar los dos termos y las botellas de coñac  por si eran líquido corrosivo o ese explosivo nuevo que han inventado los integristas al que llaman la madre de satán. Sacan uno a uno todos los cacharros y miran hasta debajo de las alfombrillas. Llego a creer que buscan a Puigdemont intentando llegar emboscado a Cataluña.

Juré y perjuré a todos los guardias civiles que se me pusieron a tiro que no me iba de expedición al polo norte, que el montón de cacharros que inundaban el coche eran los recomendados por sus jefes del ministerio y que no iba a participar en la búsqueda del grial ni había conseguido unirme a Indiana Jones para buscar el arca perdida, ni era el tapado de los independentistas en la investidura presidencial .

Solo soy un ciudadano que va con su familia a un bautizo a León –le dije a un cabo que se creía el teniente Colombo y se empeñaba en pedirme el pasaporte para ver si últimamente he estado en Bruselas-. Sí, voy con la familia pero he tenido que mandarla aparte porque en el Renault clio no me cabe.

Retrasmiten la declaración de un prohombre con un futuro político de tirarse por el suelo, al que quienes antes chupaban el suelo a su paso, ahora niegan conocer de nada ni haberlo visto en su vida

Mientras contactan con los niveles más altos de la Seguridad del Estado, intentando dilucidar por qué un jubilado dice que va a León a un bautizo y lleva el coche cargado como para una expedición al Annapurna, me intento relajar y pongo la radio. Suena una de las mil tertulias que repiten tertulianos a diario. Retrasmiten la declaración de un prohombre –antes- con un futuro político de tirarse por el suelo –antes- y ahora arrumbado y, al que quienes antes chupaban el suelo a su paso, ahora niegan conocer de nada ni haberlo visto en su vida.

El Kennedy de Castellón canta de plano. Reconoce haber financiado en negro al Partido que salva a la patria un día sí y otro también. En los días de vino y rosas veíamos plazas de toros llenas de un público enfervorizado, música, equipos de sonido con los watios saliendo por las orejas, autocares de gente aplaudidora que llegaba desde lugares remotos, adrenalina, risas y abrazos porque salvar a España estaba cada día más cerca. Nadie se preguntó. Nadie sabía. En ninguna cabeza privilegiada, capacitada para organizar estados enteros, surgió la cuestión que hoy es clave: ¿Quién y cómo se paga esto?

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